El manejo de una empresa está
lleno de sobresaltos, según me cuentan. Problemas inesperados con hacienda,
extorsiones por parte de empleados municipales, accidentes de empleados, robos,
cambios en los precios de insumos. Muchos ejecutivos viven constantemente
angustiados ante todas estas situaciones. Mi amigo, el empresario Gabriel
Guiza, de quien ya hablé un poco en la entrada anterior, me contó qué hace en
los momentos en los que los directivos de su empresa se encuentran en
dificultades. Según me cuenta Gabriel, es frecuente que alguno de ellos entre
angustiado en su oficina y le diga: “ahora sí tenemos un problema muy grave”.
Gabriel ha tomado la actitud, sistemáticamente, de tomar estas situaciones como
algo emocionante. “Qué bien, cómo vamos a enfrentar este reto”. Esto ha hecho
que los retos sean vistos como desafíos y que el ambiente, en lugar de ser
amenazante, sea emocionante.
Si pensamos en los juegos
espontáneos de los niños, o de las crías de cualquier mamífero, veremos que
disfrutan enormemente de las dificultades. Un perro puede pasar periodos muy
largos tratando de abrir una botella, o un bebé humano tratando de armar una
torre de cubos. Es un misterio cómo es que algunas personas dejamos de pensar
en los retos como algo divertido y en lugar de ello nuestras expectativas se
centran únicamente en tener resultados positivos. Cuando los desafíos se
disfrutan la actividad adquiere valor por sí misma y el trabajo se vuelve un
placer.
Piense usted en cómo podemos relacionar
esto con la educación de nuestros hijos: poner menos atención en los resultados
y más en el proceso, menos en las calificaciones y más en el progreso, menos en
las críticas y más en las áreas a mejorar.
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